

Enid Carrillo
(Pachuca de Soto, 1988)Doctora en ciencias sociales por la UAEH. Autora de La noche nunca termina (2019) Premio estatal de cuento Ricardo Garibay 2018, Como un fruto herido (Casa Futura Ediciones, 2023) y Un árbol lleno de gusanos (DaPolga Ediciones, 2026). Ha participado en diversas antologías de cuento y proyectos editoriales electrónicos. Su obra ha sido traducida al italiano y lenguas indígenas mexicanas. Ha recibido las becas del FONCA y PECDA Hidalgo.
Responsable de publicaciones en El Colegio del Estado de Hidalgo.
Lobo devorando a mi padre
Enid Carrillo
Este cuento forma parte de Un árbol lleno de gusanos, editado por DaPolga Ediciones (2026).
La oscuridad nunca es perfecta, la luz es su defecto.
Alejandra Kamiya
La otra hija soy yo, la que escapó lejos de ellos, a otra parte.
Annie Ernaux

Manducarese confractus
Este animal rompe los tejidos con pequeñas fauces. Es un gusano de sangre transmitido por vía paterna: solo de padres a hijas. Es un depredador que ataca a edades tempranas y deja tejido roto de por vida.
La erupción malar de la enfermedad dibujó una mariposa negra que extiende sus alas sobre las mejillas de mi padre. Como la hija que soy, limpio su piel manchada con un trapo húmedo y tibio. Evito a toda costa que mis dedos rocen con su cuerpo, pues no estamos acostumbrados a tocarnos más de lo necesario.
El cuerpo de mi padre lleva años de autodestrucción. Ahora que el tejido de sus huesos muere pacientemente, la doctora nos ha advertido la inminencia del final. Mientras le pongo la cómoda, me guardo mi asco porque no quiero sentir la culpa de no haberlo cuidado como corresponde. Aunque entre nosotros hay siempre silencio encuentro las horas para visitarlo en el hospital, vigilar la mariposa de su cara e interrogar a los médicos sobre su estado de salud. Vivir sin mujer lastima a los hombres que son incapaces de andar solos por la vida, por lo que, desde su viudez, la enfermedad de mi padre ha progresado y ha inflamado su cuerpo sin compasión. En este hombre viejo habita un animal que come de sus tejidos. En casa le llamamos lupus, pero en el hospital, suelen rebuscar explicaciones para hablar de los mecanismos del cuerpo para destruirse a sí mismo.
De nuevo le cancelo el café a mi amiga Adriana, le mando un mensaje mientras los médicos nos explican sobre las enfermedades autoinmunes, hablan de cuidados paliativos, de nombres complejos de antiinflamatorios. Me cuentan el uso de la locución lupus para explicar los daños en la piel, que en tiempos antiguos simulaban las heridas por ataques de lobo. Intentan explicarme el origen de la enfermedad de mi padre con hechos científicos, pero nada me hace sentido hasta que mencionan su fotosensibilidad. Las personas con su malestar tienen problemas con el resplandor, la luz les revienta la piel y les dibuja la mancha con forma de mariposa por toda la cara. Es verdad: todo lo luminoso asusta a mi padre. Lo suyo es la oscuridad.
Papá oscureció mi infancia a los ocho años, cuando me confesó que tenía una hermana. Me lo dijo una noche que llegó borracho, con el valor suficiente para sacar aquel secreto de su jaula. Las palabras salieron de su boca como el fuego lo hace del hocico de un dragón. La noticia me abrió la piel y me hizo una llaga delgada pero profunda. Cuando mi padre me confesó que tenía otra hija con una mujer que no era mamá, me entregué a la orfandad. Con ocho años sobre mis espaladas, decidí renunciar a mi padre, a creer en sus palabras y a confiar en él. Pero no lloré. Ni una sola gota me salió de los ojos, porque la niebla en mi cabeza pueril era tan densa que me paralicé. Descubrí, por la edad de esa hija perdida, que mi padre había engañado a mi mamá y que había decidido, con toda su voluntad, abandonar a esa niña de humo que me ha acompañado desde mi infancia como una gemela nostálgica, irrecuperable.
Aquel supuesto secreto, en realidad era un secreto a voces que todos sabían, pero habían decidido callar. Es absurda la idea de las familias de mantener cosas en silencio para que dejen de existir. Mamá nunca lo mencionó, nunca habló conmigo, decidió mirar hacia un lugar desconocido y lejano hasta donde no logra llegar la verdad. Mi padre, por supuesto, hizo como si nada hubiera pasado. Nadie me preguntó cómo me sentía, si me hacían falta las respuestas que calmarían mi cabeza. Me dejaron sola con la muerte de mi infancia, a nadie se le ocurrió que el cadáver de la niña que fui se me estaba pudriendo entre las costillas.
No sé cómo era la herida de mamá, pero la llaga que me hizo mi padre con esa confesión jamás ha cerrado por completo, siempre hay un poco de pus. Con el tiempo me he hecho cargo de sus vestigios: lavo sus bordes con agua tibia, paseo sobre ella mi dedo bañado de miel, la oxigeno para que nada dentro se corrompa, lo que hace que a veces la herida casi cierre por completo. Pero luego mi padre la abre de nuevo con su oscuridad, con su incapacidad de dar un abrazo, con su papel de víctima. Es entonces cuando regresan los gusanos.
Ahora que mi padre está a punto de morir, se le ha ocurrido que busque a su hija. Me pide encontrarla, hacer lo que él nunca quiso, o nunca pudo, o nunca supo cómo. Me lo pide con vergüenza, sin mirarme a los ojos. Me ofende su plegaria porque me hace daño de nuevo. Mi padre me da el nombre de su hija, que está anotado en un pedazo de hoja de rayas, todo en mayúsculas, con tinta azul. No quiero encontrarla.
Nunca sentí necesidad de conocerla.
Cuando renuncié a mi padre, intenté renunciar a todo lo que viniera de él. Pero en el fondo, esa niña me daba un poco de envidia. Me hubiera gustado ser ella, segura de que vivir con la ausencia de su padre era más fácil que soportar la amargura de un hombre que se sabe culpable. «¿Quién te hizo esto, papá? ¿Por qué lo repites conmigo?», me preguntaba desde mi camita en el conticinio. Mi teoría siempre apuntó hacia la figura de mi abuela. Esa mujer: un animal negro que iba de largo por las alcobas blancas, quiso a su hijo lo suficiente como para destrozarlo. Una madre indiferente fue el origen de todos los dolores de mi padre. La abuela castigaba a su hijo de maneras desproporcionadas, solía encerrarlo en donde fuera: en el tinaco, en el cuarto de trebejos, en la cisterna en construcción o debajo de la escalera. Papá se hacía del baño en la cama y andaba por su casa oliendo a orines, aprendiendo cómo se tenía que tratar a las mujeres, sin quererlas. La abuela ofrendaba su hijo a la oscuridad para tener el tiempo de lavar las ollas, de visitar a la bruja del barrio, de hacerse la base para el cabello. Así, mi padre conectó con su miedo por primera vez y desarrolló la incapacidad de aceptar los rayos del sol sobre su cuerpo. Estoy segura de que, en ese momento, mi padre se convirtió en un niño triste que no aprendió a encontrar en dónde sentía lo que sentía. Su corazón debió encogerse, arrugarse como una ciruela anciana que la abuela mordisqueaba cada que se le antojaba.
Si yo hubiera sido la mamá de mi padre, lo hubiera abrazado tanto… Le habría contado historias de gigantes que juegan entre árboles mágicos, de estrellas muertas y constelaciones. Si yo hubiera sido la mamá de mi padre, le habría comprado un carrito de madera con su nombre, lo habría arropado antes de dormir y habría escuchado con respeto las cosas que de niño temía y así, jugando con el destino, nos habría salvado a todos. Pero me tocó ser su hija. A otra mujer en el mundo también le tocó ser su hija, pero ella tuvo más suerte que yo. ¿Sabe mi hermana que yo existo? ¿Sabe mi hermana que traemos en la sangre lobos dormidos que despertarán con el tiempo? ¿Sabe mi hermana que en mi casa es un fantasma que hace crujir las paredes por las noches? ¿También yo me aparezco en su espejo mientras se enfrenta a sus ojos? Sé que cuando mi padre me ve a mí, la ve a ella. Somos un juego de espejos. Represento el fantasma de su hija perdida o, mejor dicho, abandonada. Tal vez por eso la forma en la que mi padre me quiere es también etérea, fantasmal, sin forma sólida.
En el fondo presiento que soy como él, en la sangre también traigo la sensibilidad a la luz, al lobo salvaje. Por eso prefiero la noche, el frío y la ropa negra. Ahora que he debido pasar tanto tiempo junto a mi padre, segura estoy de que la enfermedad no mejora a las personas, y, aunque débil y viejo, mi padre sigue siendo el mismo hombre que tuvo dos hijas y no pudo querer a ninguna completamente. Y yo, como fruto de ese hombre, no puedo escapar a lo que soy. Frente a su encomienda, sé que sería sencillo si metiera el nombre de mi hermana al buscador y cotejara las fotos con el físico de papá, podría tragarme el orgullo y hablar con mis tías, que seguro saben en dónde está mi hermana de humo. Pero ninguna de las dos merecemos pasar por esto.
He estado más de una semana en el hospital y, como es natural en casos de enfermedad parental, mi alma y mi cuerpo están agotados. Mi amiga Adriana me invita a comer a su casa, sabe cómo curar los dolores con su comida. Hace meses ha terminado la relación con su novia y también necesita el respaldo que le da mi amistad. Nos escuchamos con generosidad, le platico todo sobre el lupus, le cuento mi teoría de la abuela. Adriana me prepara tallarines con mantequilla, la observo y descubro que tenemos el mismo color en la piel y en los ojos. Tenemos más o menos la misma edad, el mismo cuerpo de torso alargado, los senos que caben en la mano de un hombre promedio. Miro sus dedos espolvorear cebollín sobre la pasta y en ese momento se me ocurre la idea.
Al principio, Adriana me dice que no. Pero ve en mis ojos la desesperación y la súplica. Como una amiga que se sabe familia, acepta lo que le pido. Es ella la hermana que sí pude elegir en la vida. Es una mujer compasiva cuyas neuronas espejo están hiperdesarrolladas, lo que la convierte en la persona más empática sobre la tierra. En gran medida, esta mujer, me ha ayudado a curarme la herida. Adriana trabaja conmigo en el laboratorio de física, la acompañé en la muerte de sus padres, supe, en contra de mi historia personal, respaldarla con ternura en el proceso de duelo. Con ella he aprendido a dar abrazos más largos, sin sentir que me fugo al contacto con otros. Por eso lo piensa de nuevo. Le digo lo que tiene que saber, le hablo de mi padre y de mi hermana y de la llaga que ahora mismo supura abierta, repleta de gusanos. Mi amiga ve la pus brotar de mi costilla herida. Decide ayudarme.
La sábana se pega al cuerpo de mi padre como un sudario. Desde sus pulmones sale un sonido enflaquecido y cavernoso. De la forma más extraña lo quiero. Le digo Papá, te quiero y le llevo a su hija, que no es su hija. Por fin le devuelvo su mentira y espero afuera, en el corredor del hospital.
Los miro. Adriana es compasiva, escucha las disculpas de mi padre, simula su perdón. Le acaricia la mano varicosa, hinchada de suero, llora de verdad y con su llanto lo libera. Sé que por dentro Adriana quisiera ser esa hija olvidada, escondida, abandonada —hermana enquistada— y redimir a su padre mortecino. Adriana lo perdona por mí, por mamá, por la abuela, por mi hermana, por todas las mujeres que esperamos algo de él.
Desde la ventanita en la puerta de la habitación, veo cómo el lobo devora a mi padre, tranquila de que, a la distancia, ya no podrá hacerme nada.
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