

Emma N. Díaz
(Ciudad Obregón, Sonora, 1995)Es poeta y cuentista. Sus escritos han aparecido en las revistas Clarkesworld Magazine, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Uncanny Magazine, Strange Horizons,
Revista Casapais, Colectivero, entre otras. Con Ovillos Editores publicó Armando Vallejo no tiene más qué decir.
Obtuvo una mención honorífica en el segundo concurso Imaginación y Futuro, organizado por la MexiCona.
Sombra
Emma N. Díaz
Este cuento forma parte de En un desierto cercano.
La madre de Ibali zi Baajit, de los nómadas uze del clan de Kina, aprovechaba todas las reuniones familiares para contar la historia de cómo Ibali perdió su An, su sombra.
En aquel entonces, el clan de Kina había alcanzado uno de los oasis de su ruta ancestral por el territorio norte del Gran Desierto de Dantaar y habían establecido su modesto campamento. Kina era de los clanes uze más pequeños del norte, con tan sólo quinientas tiendas de pelo de cabra. En comparación, el clan de Polia poseía cinco mil tiendas y más de cien mil camellos bajo su yugo. El clan de Polia era el principal socio comercial de los exiliados dajaani, asegurándose así de que aquellos bárbaros aferrados a su grandeza de antaño dejaran a las comunidades uze en paz.
Sin embargo, en días como aquél, en el que todavía faltaba mucha comida por cocinar, niños que atender, tiendas que reparar, cabras y ovejas que esquilar, la envidia se evaporaba en un instante bajo el castigo del sol.
Aiola zi Baajit, el padre de Ibali, esquilaba cabras con un grupo de hombres y mujeres bajo una enorme carpa. Al niño lo tenían en un petate a sus espaldas sin prestarle mucha atención, ya que Uma, prima de Aiola, relataba a detalle su romance clandestino con el nieto mayor de Mamá Bale.
Niszare zi Baajiti, la madre de Ibali, le había advertido que estuviera atento porque el niño estaba pronto a perder su An. Su padre la había tranquilizado asegurándole que Ibali era muy mansito y siempre se entretenía en su petate sin dar lata, jugando con los colores en el aire. Por desgracia para Aiola —tan atento a las palabras de su prima que casi le corta una oreja a una muy indignada y rencorosa cabra que hasta la fecha lo saluda con un embiste—, ese día el viento decidió jugar con el niño.
Una larga pluma de zitzel voló dentro de la carpa e incitó a Ibali a perseguirla. Al salir, un par de vecinos lo vieron ascender ligero y grácil detrás de la huidiza pluma parda. Su puño regordete se cerró a su alrededor y el niño, sonriendo, miró al suelo. Por primera vez, fue consciente de la distancia que lo separaba de la superficie. Una sensación desconocida se disparó en su interior: Ibali tuvo miedo de caer. Cual pájaro flechado, el niño se desplomó, soltando tal alarido que el bullicio a su alrededor cesó de tajo.
Por fortuna, cuando los presentes fueron en su auxilio, se dieron cuenta de que sólo se había roto el brazo derecho. Fue una suerte que no se partiera el cuello. En su puño diminuto todavía aferraba aquella pluma de zitzel. Cuando su madre se enteró, su ira fue tal que se negó a compartir tienda con su padre durante varios campamentos hasta que éste logró ganarse su perdón y la confianza de Ibali. Lo segundo lo consiguió en un instante, regalándole a su hijo una caja de cocadas y un nuevo collar con la pluma de zitzel como pendiente.
Durante un año entero, Ibali soñó todas las noches con aquella caída, pero la distancia aumentaba cada vez más. Se despertaba gritando, empapado de lágrimas y sudor, con el brazo ardiendo como si tuviera lumbre. Seguía a su madre a todas partes, pegado a sus talones como su sombra. Estaba aterrado de quedarse solo y, en la paz de su soledad, reencontrarse por accidente con su An. Observaba a su madre cardar, hilar y tejer la lana mientras se quejaba de su padre con sus amigas.
Gracias a la monótona rutina de sus días, durante algunos momentos se olvidaba de su miedo y se encontraba de nuevo con su An, elevándose por unos instantes un par de centímetros del suelo. Cuando se daba cuenta de lo que estaba sucediendo, el miedo lo lastraba y lo azotaba de inmediato contra el petate. Comenzaba a gritar y llorar. No quería volver a elevarse. Tan sólo imaginar las alturas le provocaba un terror tan inmenso que le daba ganas de atar sus tobillos al suelo por el resto de su vida.
Su madre esperó a que su brazo sanase para llevarlo con Mamá Bale, pero no hubo remedio. Ibali asistió sólo a una lección con los demás niños de su edad que también habían perdido su An antes de empezar a fugarse. Mamá Bale los llevaba al monte con sus petates y los ayudaba a meditar para reencontrarse con su sombra. Arrullados por el murmullo del viento en la quietud del desierto, muchos niños lograban sanar poco a poco esa fisura interna y elevarse en armonía con su An. Pero otros, como Ibali, no podían romper las cadenas de su miedo.
—No es momento —le dijo Mamá Bale a Niszare. El niño había pasado toda la clase tratando de enterrar la cabeza en la arena al ver a uno de sus compañeros levitar—. No le hagamos un mal por quererle imponer el bien. Ya no lo traiga. Déjelo que sane y encuentre su camino.
Y así lo hizo Niszare, preocupada, pero confiando en la experiencia de Mamá Bale.
Los años pasaron e Ibali se fue acostumbrando a una vida con los pies fijos en tierra firme. A veces era difícil, como cuando sus amigos que sí se habían reencontrado con su An inventaban juegos que sólo podían jugarse en el aire.
—…y que Ibali, Suna y Nima se encarguen de llevar la cuenta. No les molesta, ¿verdad?
Ibali y sus amigos varados en la tierra negaban con la cabeza y sonreían. Veían cómo sus demás amigos reían y se elevaban como sombras sobre las brasas del atardecer. No importaba cuánto los lastimara ser excluidos, el terror a la incertidumbre de la ingravidez era mayor. Se formaron dos grupos para mantener la paz y amainar el injusto resentimiento que crecía en su pecho. Suna, Nima e Ibali jugaban juntos mientras los otros chicos de su edad se elevaban.
Pero entonces, Suna se unió a las lecciones de Mamá Bale en el desierto, seguida por Nima. Pronto, ambas completaron su Nunube y dejaron solo a Ibali.
Ignorando su envidia, Ibali festejó al ver a sus amigas completar su Nunube. Esperó junto al resto del clan a que regresaran del corazón de la tormenta y las recibió entre sus brazos, llenas de arena pero sonrientes. Sin embargo, su aparente felicidad le dejó un permanente sabor amargo en la boca. Parte de él deseaba que fallaran.
El Nunube era una prueba sencilla. Cuando a Mamá Bale comenzaban a dolerle los huesos, sabía que una tormenta de arena estaba cerca y que los uze que había estado entrenando estaban listos para enfrentarla. Como si se tratase de una lección más, Mamá Bale los llevaba al desierto y destendía los petates para esperar su llegada. Aquella tormenta no era como las otras, advertían sus huesos. Ésta era la casa de Kú, la gran tortuga. Para aprobar el Nunube, los uze debían elevarse con los vientos y unirse a la melodía de la gran tortuga. Una vez completada la prueba, ella misma les mostraría el camino de regreso al clan.
En todos los clanes uze, la prueba era la misma. Por alguna razón, la gran tortuga siempre se encontraba a la misma distancia de todos los clanes esparcidos por el Gran Desierto de Dantaar.
Nadie sabía de dónde venía Kú. Lo único que recordaban las historias registradas en los bailes de los uze era que su unión en canto con la tormenta de la gran tortuga era tan antigua como su gente. Desde que hubo uze, el Nunube se ha realizado.
No era común, pero se sabía de quienes habían fallado y de los que jamás se volvió a saber, como si la misma tormenta los hubiese devorado para evitarle al clan la pena de su fracaso. Era raro, pero no imposible. Por eso, Ibali sintió un profundo desprecio hacia sí mismo por desear que sus amigas fallaran la prueba. A partir de entonces, su costumbre de odiarse en silencio quedó cimentada.
—No te preocupes, amor. Ya encontrará su camino. Yo no me reencontré con mi An hasta que cumplí los quince años. Todo va a estar bien. —Escuchó decir a su padre una madrugada, habiéndo despertado de una pesadilla. Después de esa noche, nunca más llamó por ellos para que lo consolaran. Su vergüenza se lo impedía.
Ibali de verdad intentó reencontrarse con su An, escabulléndose de madrugada al monte, antes de empezar con las labores comunitarias del día, para meditar a solas. Fue inútil. El miedo le había concedido su deseo y se había convertido en una cadena indestructible que lo sujetaba a la tierra. Pronto cumplió los quince años y, tal vez sólo fue su imaginación, pero sintió la mirada de sus padres siguiéndolo a todos lados, como si de repente fuera a salir disparado hacia las nubes, volviéndose normal como los otros chicos de su edad. Eso nunca pasó. Cuando cumplió los veinte años, tanto él como sus padres se dieron por vencidos.
Algunos uze jamás se reencontraban con su sombra y pasaban el resto de su vida con los pies puestos en tierra firme. No era tan común para los uze —mucho menos en una comunidad tan pequeña—, pero no era imposible. Algunos lo encontraban muy tarde, en su último aliento, elevándose unos centímetros antes de morir.
Ibali trató de convencerse de su indiferencia. Reía con sus amigos que, habiendo superado aquellas divisiones artificiales de la niñez, convivían con él sin ningún problema. Por momentos, lo conseguía. Y entonces llegaban las fiestas de verano donde varios clanes uze se encontraban y su mentira se derrumbaba.
Entre tragos y comidas exquisitas salían los bailarines embadurnados con aceite, vestidos sólo con taparrabos de pluma de zitzel. Ibali aplaudía y gritaba disfrutando de las historias narradas con los movimientos de sus cuerpos, deleitándose con el espectáculo de músculos desnudos brillando bajo la luz de las antorchas. Su sonrisa no flaqueaba cuando los bailarines se elevaban, pero las comisuras de sus labios se volvían tan picudas que amenazaban con rasgarle la piel.
La bebida y aquellos magníficos cuerpos musculosos y brillantes eran su único consuelo. Sus padres y sus amigos lo alentaban discretamente cada vez que podían a visitar a Mamá Bale, pero él siempre decía que no; que tal vez después, que no estaba listo. Hasta que por fin pasó a ignorarlos y sus seres amados prefirieron dejarlo solo, confiando, ya que no les quedaba de otra, en que él podría encontrar su camino.
Incluso después de haber sido encontrado por su madre con las muñecas abiertas y haber pasado semanas en la tienda de la sanadora con el resto del clan atento a la entrada de su tienda día y noche, sus padres siguieron respetando su camino, apoyándolo con todo el amor de su corazón, pero conscientes de que no podían hacer su recorrido por él. Sólo Ibali podría decidir cuándo, cómo y dónde.
No fue fácil. Ibali regresó a la tienda familiar con veinticinco años cumplidos y las cosas poco a poco regresaron a la normalidad. Empezó de nuevo con sus labores comunitarias. Visitaba a sus amigos al atardecer y cenaba con sus padres todas las noches.
Después de un tiempo dejaron de mirarlo como si estuviera hecho de arena y en cualquier momento sería derribado por el viento, pero esa tensión en el cuerpo de sus seres amados al perderlo de vista por un largo rato o al contemplar esa turbia expresión en su mirada tardaría años en desvanecerse, y nunca por completo.
Sólo una vez le sugirió su madre el visitar de nuevo a Mamá Bale, además de sus visitas regulares a la tienda de la sanadora.
—Gracias, mamá —le respondió Ibali, después de pensarlo un rato. Y su mamá tuvo que salir de la tienda apresurada para que su hijo no se percatara de las lágrimas recorriendo sus mejillas.
Aun así, hubo de pasar un largo rato para que por fin Ibali buscara a Mamá Bale. El miedo que se había instalado en su interior desde pequeño seguía tan firme como siempre, pero ahora era alimentado por una profunda vergüenza. Sentía que no merecía visitar a Mamá Bale. Había lastimado a tantas personas con su egoísmo. No merecía sentirse bien.
Parte de él siempre había sabido que su miedo no era del todo lógico. Era normal temerle a una serpiente al encontrarla enroscada dentro de tu tienda, pero incendiar el clan entero por la posibilidad de que en alguna tienda se ocultara una culebra era excesivo. De igual forma, Ibali no le temía a la caída; muchos uze que tenían pavor a las alturas se elevaban sin problema. Su miedo era el miedo a la posibilidad de la caída. Su miedo, en realidad, era miedo al miedo. Su única solución fue prohibirse el cielo.
Ibali se repetía que ese terror que lo mantenía prisionero dentro de su propia mente no tenía sentido, pero cada pensamiento de ánimo se volvía en su contra después de un rato. No había argumento para el cual su mente no tuviera contraargumentos, por más ridículo que éste fuera. Y, aun sabiendo esto, Ibali no podía evitar creerle. Se pasaba horas discutiendo consigo mismo, sometiéndose a la absurda lógica de su ansiedad en un intento por liberarse de ésta.
Cada día se sentía más agotado, ya que la vida del clan no se detenía sin importar sus fieros debates internos. Las labores comunitarias continuaban; la ruta ancestral debía completarse como todos los años, y el mundo del desierto continuaba su rutina, pero sólo una parte de Ibali podía unírsele. Así fue durante todos esos años; su miedo no sólo logró condenarlo a un rincón de su propia mente, sino que también lo mantenía exiliado de su comunidad.
Cada vez que intentaba disfrutar y formar parte de las reuniones, celebraciones o incluso del brutal trabajo del día a día en plenitud, el miedo tiraba de su cadena y le recordaba que estaba incompleto, que no merecía existir junto con los demás. A veces sentía, desesperanzado, que daba un paso adelante y un millar atrás. Aun así, no se dio por vencido.
Durante un par de años siguió con sus rutinas, pero comenzó a escabullirse de madrugada al monte. No quería generar expectativas ajenas o propias. Esta vez, sin embargo, no intentó meditar. Eliminó el deseo y se sentó en silencio en su petate, concentrándose en su respiración. Poco a poco una calma, como una suave y fría corriente de agua, comenzó a bajar gota a gota desde su frente hasta inundar todo su cuerpo.
Después de su cumpleaños número veintiocho, visitó a Mamá Bale. La anciana estaba sentada en un petate frente a su tienda, fumando jix con su larga trenza argenta enroscada alrededor de su cuello.
—Te estaba esperando, mi niño —dijo la anciana, y sonrió.
En Kina, como en todas las comunidades uze, no había una sola persona que gobernara todo el clan. Los clanes se administraban por consejos de participación colectiva. Las juntas de consejo eran tan tediosas como necesarias. El mismo Ibali muchas veces tuvo que pellizcarse para mantenerse despierto durante las acaloradas discusiones sobre adquisición de nuevos camellos.
Sin embargo, si alguien en Kina gozaba de algún tipo de estatus elevado —no de gobernante, pero sí de guía— esa era Mamá Bale, debido a que ella jamás había perdido su An.
Personas como ella no eran comunes en los clanes uze. Rara vez nacía más de uno en una misma comunidad. En Kina, Mamá Bale era la única. Debido a esto, ella era la encargada de guiar a los uze perdidos a reencontrarse con su An. Los ayudaba a meditar en el desierto por el tiempo que fuese necesario hasta que estuvieran listos para realizar su Nunube. Cuánto tiempo tomaría, eso ni la misma Mamá Bale podía predecirlo. El Nunube sucedía cuando debía suceder.
Ibali era el único adulto en las sesiones de Mamá Bale. Al ver la expresión de su nuevo aprendiz, Mamá Bale comentó:
—Regresar a ser niño… ¡Qué privilegio!
Ibali se propuso abordar su peculiar dilema desde esa perspectiva, pero le costaba trabajo ignorar la vergüenza que corroía sus entrañas. Sobre su petate, bajo las negras carpas de pelo de cabra, Mamá Bale repitió las mismas palabras que había dado al grupo de Ibali hace años, cuando recién había perdido su An:
—Si lo que buscan es superar su miedo y recobrar su sombra, y volverse tan ligeros que el viento sea capaz de elevarlos como una delicada pluma de zitztel, no pueden desear la victoria. Cuando deseas lo opuesto a lo que te aterra, lo validas. Es como huir de una culebra mientras aferras su cola. Desear vencer el miedo es mantenerlo siempre presente. Lo opuesto a lo que se teme no es desear, decir o imaginar la victoria, sino el silencio. Aquí no hay reglas. No habrá ningún tipo de instrucción más que esta: respiren. Lo único que existirá a partir de ahora será su respiración. Para ser ligero como una pluma, hay que imitar a la roca.
Todos los presentes observaron a la anciana en espera de más explicaciones, pero Mamá Bale encendió su pipa de dulce jix y cerró los ojos. Ya tenían sus instrucciones. No había nada más que decir.
Ibali hizo su mejor esfuerzo, pero esa primera sesión fue como sumergirse en un hormiguero y tratar de ignorar las coloradas picaduras. Sólo en pequeños intervalos logró seguir el sonido de su respiración hacia adentro.
Poco a poco, el camino hacia ese silencio en su interior se fue haciendo más fácil de encontrar. Con su respiración neutralizaba aquellos pensamientos llenos de violencia, culpa y vergüenza que bloqueaban el camino. Como Mamá Bale les había instruido, abandonó el deseo de mejorar y la sigilosa culpa que arrastraba consigo. Se vació de todo pensamiento, cada bocanada de aire anclando su mente al presente, a su cuerpo, logrando así reventar las cadenas del hubiera y el que tal sí. Tanto el pasado como el futuro estaban fuera de su control. Lo único que importaba era el presente, y el presente era esto, nada más. Se convirtió en una roca.
Ibali se elevó. Apenas lo suficiente como para que una lagartija se deslizara debajo de su cuerpo, pero no importaba. Su sombra lo había aceptado de nuevo.
Una mañana, Mamá Bale se despertó con dolor de huesos. Había llegado el momento. El clan comenzó con los preparativos para la celebración después del Nunube, y la familia y amigos de Ibali no dejaban de sonreír y felicitarlo. Lo abrazaban, besaban y le daban consejos que sólo lo ponían más nervioso. Lo difícil aún no terminaba. Ellos sabían, incluso mejor que él, que Ibali podría resultar ser de esas personas que no sólo tardaban en reencontrarse con su An, sino que terminaban fallando su Nunube. Percibía, en las tensas sonrisas y miradas preocupadas de sus seres amados, que lo tenían muy presente.
Él se sentía muy tranquilo. Él y su An habían vuelto a ser uno mismo, completándose como el vacío en su centro define al cuenco. A veces, mientras realizaba sus labores comunitarias, Ibali jugaba a elevarse unos centímetros, nada más porque podía, porque se sentía increíble existir en el mundo con aquella ingravidez cantando en su interior.
Cuando Mamá Bale reunió a su clase y los guio con sus petates hacia el desierto, Ibali y sus compañeros comenzaron a elevarse sobre la dorada arena, jugando a dar enormes zancadas entre una pisada y la siguiente. Las risas y los juegos los acompañaron hasta el lugar predilecto de Mamá Bale que, encantada, se había unido a sus tonterías. El aire se respiraba limpio. El ardor del sol era capaz de blanquear hasta los pensamientos más oscuros.
Se sentaron en silencio por un par de minutos hasta que divisaron frente a ellos un enorme muro de arena precipitándose a toda velocidad en su dirección. En segundos, Ibali, Mamá Bale y sus alumnos fueron envueltos por el impetuoso rugido del viento. Ninguno sintió miedo. Sus cuerpos vibraban con un deseo primitivo y nadie se resistió. Todos querían bailar.
Ibali salió disparado nada más al entrar en ese espacio de vacío en su interior, moviéndose con el viento como si se hubiera convertido en una partícula de polvo. Como había aprendido, dejó su mente en blanco y la sintió llenarse con el rugido de la tormenta, esa melodía primigenia que se encuentra detrás de todas las cosas. Le entregó su voluntad y voló. Cada hebra de su ser se deshizo para volver a tejerse entre arena, viento y canto. Por primera vez, Ibali probó la libertad, la verdadera libertad.
Tan inmerso estaba en su renacer que tardó un poco en darse cuenta; se estaba acercando al centro de la tormenta. Era un enorme espacio despejado capaz de albergar cerros enteros en su interior. En ese lugar, Ibali alcanzó a vislumbrar la colosal figura de Kú. Era tan grande como las montañas que encerraban el desierto. Movía sus patas marcando el ritmo de la tormenta a su alrededor, su negra mirada fija al frente. Por un segundo, Ibali pensó que su caparazón estaba provisto de pelo verduzco, pero rápido cayó en la cuenta de que eran árboles, muchos más árboles de los que jamás había visto en su vida. Sobre el caparazón de la gran tortuga danzando en la tormenta de arena había un bosque. Justo en medio de éste se erguía una torre hecha de piedra.
De pronto, la gran Kú elevó su majestuosa cabeza y clavó su mirada en Ibali. Por unos segundos, se encontraron; los ojos de Kú eran negros e insondables, como el vasto cielo nocturno. Ese vacío primigenio parecía haber sido testigo de todo lo que había ocurrido en el universo, y de lo que estaba por venir. Los ojos de Ibali se llenaron de lágrimas. La sonrisa que apareció en su rostro fue de gloriosa resignación. Él, junto con los demás uze, bailó con Kú.
Después de un par de minutos, horas, días o segundos, Ibali comenzó a perder velocidad. Más pronto de lo que hubiera querido, regresó a la tierra. Aturdido, con los huesos vibrando por el rugido de la tormenta, se tendió sobre la arena y esperó. Al poco rato aparecieron los demás uze de su clase, y pronto se les unió Mamá Bale. Soltó una risita sibilante. Todos sus compañeros sonreían.
Ibali no podía esperar para regresar al clan y contarle a sus padres, amigos y a todo el que estuviera cerca para escucharlo, que su Nunube había sido todo un éxito.
Si quieres leer más cuentos de En un desierto cercano, puedes adquirirlo en este enlace.


